María Remolá

María Remolá
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Granma
El Ruiseñor Cubano, El Ruiseñor
Nacimiento:  
7
/
12
/
1930
Fallecimiento:  
9
/
12
/
2021

A María Remolá le decían 'El ruiseñor cubano' porque su voz era hermosa, muy bien timbrada, capaz de llegar a notas altísimas de la escala. Hubo una época en Cuba en la que cuando se hablaba de una soprano, se hablaba primero de María Remolá. La suya fue una carrera sólida, reconocida por el público y la crítica. Y fue, asumiendo incluso el relativo elitismo del arte lírico, una artista popular.

Nació en Barcelona donde pasó una infancia y una primera juventud muy felices, tuvo unos padres que supieron inculcarle el gusto y el amor por las bellas artes: la música, el canto, el teatro. Muchas veces recorrió el camino entre su casa y el famoso Liceo de Barcelona, uno de los centros del mejor arte lírico en España, Europa y el mundo.

Arribó a Cuba con 14 años. María Remolá ha dicho que llegó a Cuba en 1952, tras pedirle a una tía suya que allí vivía, que la invitara a La Habana por 15 días, y nunca imaginó que allí se quedaría por tantos años, que se convertiría en una artista querida por el pueblo cubano, a tal punto de llegar a considerarla cubana..

En 1956 fue discípula de canto de Francisco Fernández Dominicis, y recibió clases de perfeccionamiento con la cantante búlgara Liliana Yablenska.

Debutó profesionalmente en 1958, en la compañía de Aguilá-Martelo con el rol titular de la ópera Marina, de Arrieta. En 1961 fue Doña Francisquita, de Vives, dirigida por Antonio Palacios en el teatro Payret y en la versión televisiva.

Con el Teatro Lírico Nacional de Cuba asumió roles en óperas como Rigoletto, Don Pasquale, El Barbero de Sevilla, La Traviatta o Lucía de Lammermoor, y en zarzuelas y operetas como Luisa Fernanda, Los gavilanes, María la O, Bohemios, La viuda alegre, La princesa de las czardas y El conde de Luxemburgo.

Durante dos años fue la figura principal, junto a Armando Pico, en el gran espectáculo del mundialmente famoso cabaret Tropicana en La Habana.

«A Ernesto Lecuona lo conoció por Félix Guerrero, que fue mi esposo. Fue antes de un concierto que Lecuona preparaba para el antiguo Teatro Blanquita y ya el elenco estaba seleccionado por lo que me dijo que interpretaría el tema Andalucía. Le hice la salvedad de que la pieza no tenía letras y la escribimos entre los dos», narró.

Ahí comenzó de verdad su historia. Después fueron los éxitos, los viajes, la música…

Realizó giras artísticas por la extinta Unión Soviética, Bulgaria, Mongolia, Viet Nam, Corea y México, Francia, Estados Unidos y España.

«Remolá grabó un programa de arias con la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, conducida por Guerrero (a juzgar por la acústica, probablemente sea de los 60s o de los 70s). Aunque su técnica florida es considerable, y el brillo de más alto registro tiene su propia elegancia, hay un extraño provincialismo en su trabajo. La tendencia de Remolá era la de cerrar las arias una tercera por encima del tradicional tono alto. El aria de Rosina en el Barbero de Sevilla (cantada en F) termina en una A sostenida por encima de una C alta, y la «Canción de las campanas» de Lakmé termina en una sostenida G-sharp por encima de la C alta».

Los críticos musicales Nicholas E. Limansky y Joahn Carroll hicieron una enjundiosa valoración de la técnica de María Remolá dejando este testimonio: «Poco se sabe acerca de la soprano cubana María Remolá. De acuerdo con las notas (notablemente poco confiables) de uno de sus discos, Remolá estudió en Europa y ha cantado en París, en su nativa Cuba, en Washington, Rusia y España. Aunque las audiencias norteamericanas no están familiarizadas con ella, Remolá fue, obviamente, bastante famosa en su Cuba nativa, puesto que se la menciona en Fresa y Chocolate, una película cubana de los 80, interpretada por Jorge Perugorría y Vladimir Cruz. Durante una escena, mientras un personaje pone un disco de María Callas, otro nota lo bueno que sería escuchar a otra cantante, además de a María Remolá»

«Remolá grabó un programa de arias con la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, conducida por Guerrero (a juzgar por la acústica, probablemente sea de los 60s o de los 70s). Aunque su técnica florida es considerable, y el brillo de más alto registro tiene su propia elegancia, hay un extraño provincialismo en su trabajo. La tendencia de Remolá era la de cerrar las arias una tercera por encima del tradicional tono alto. El aria de Rosina en el Barbero de Sevilla (cantada en F) termina en una A sostenida por encima de una C alta, y la «Canción de las campanas» de Lakmé termina en una sostenida G-sharp por encima de la C alta».

Y continúan ensalzando su trabajo: «Aunque las grabaciones pueden ser engañosas, su voz parece haber sido un cálido instrumento, y suficientemente amplia para permitirle manejar fácilmente la fuerza necesaria para una exitosa «Sempre libera» de La Traviata, de Verdi, la cual ella eligió para concluir con una excelente, final A-flat sostenida, por encima de una C alta. La vibración latina de su voz puede volverse difícil a veces, pero ella es bastante capaz de un controlado pianísimo alto; la frase final del «Caro nome» salta a un calmado G-sharp en altura que viaja a través de una notable disminución del tono para concluir en un mero murmullo. Su mejor esfuerzo, sin embargo, son las variaciones de Adam sobre «Ah vous dirai-je Maman». Después de una extraordinariamente larga y difícil cadencia con fauta, Remolá termina con una B sostenida por encima de una C alta, la nota más alta y sostenida que haya grabado alguna vez un artista clásico».

María Remolá, ha expresado el gran cariño que durante más de 20 años ha compartido con el pueblo dominicano, “tan parecido al cubano en su carácter, sus sentimientos amistosos, su gusto por la música y el baile…”, como semejantes son, por su naturaleza tropical y caribeña, esas dos islas de Cuba y La Española.

En la ciudad de Santo Domingo, María Remolá se reencontró con esa doble raíz hispanocubana, siguió cantando y, al paso de los años, trasmitió su experiencia a algunos jóvenes no sólo en los secretos de la técnica y el arte de cantar, sino pequeñas pero sabias lecciones de vida: “estudiar mucho para dar siempre calidad en su profesión; vivir intensamente el día a día, sin atarse al pasado; evolucionar, sonreír, amar…”

La persistencia de su cubanía tiene, además de una razón sentimental, fácil explicación en el hecho de que fue en Cuba donde se desarrolló su brillante carrera artística. Gracias a sus excepcionales dotes vocales -belleza de sonido, extensión de más de dos octavas y media- y a un riguroso estudio de la técnica y la expresión artística, nos regaló infinidad de inolvidables actuaciones a lo largo de tres décadas.

Así, en la escena teatral, salas de concierto, radio y televisión, e incluso en el mundialmente célebre cabaret Tropicana, cultivó un amplio repertorio en el cual sobresalían las más conocidas y exigentes obras para las llamadas sopranos de coloratura, y, como es natural, las zarzuelas y canciones líricas españolas y cubanas.

A inicios de los 70, tras casi 30 años en Cuba, regresó a España, pero no podía vivir allá, sin la calidez del trópico, así que terminó estableciéndose en la República Dominicana, donde ha ejercido un ardiente, aunque callado magisterio. En 1985 en Santo Domingo su voz calló y se dedicó a enseñar.

En el 2011 María Remolá volvió a Cuba cumplimentando una invitación de la UNEAC y la compañía Ópera de la Calle. En la semana del 16 al 23 de octubre, Remolá visitó las sedes de la UNEAC, Ópera de la calle, La Sociedad de Beneficencia Naturales de Cataluña, el Palacio del Teatro Lírico Nacional de Cuba, el espacio televisivo “De la gran Escena”, y fue homenajeada en la emisora CMBF. Por otra parte, se realizó un concierto homenaje en su honor con relevantes figuras jóvenes del canto lírico cubano.

Sus últimos años los pasó en un Asilo para Envejecientes, dicen que por ahí por las cercanías del estadio Quisqueya. Esa mujer dueña de unos ojos que alguna vez fueron de los más hermosos que se pasearon por La Habana.


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